martes, 20 de diciembre de 2011

Al erario sí se le pega el hedor del usurero

Por Ángel Garrido

Especial para UMBRAL

20/12/2011.-

Hace sólo 31 años nadie sabía en el mundo lo que eran los llamados swaps, un novedoso producto financiero que evade los impuestos que a los seguros les son consustanciales, sin dejar por ello de ser otra cosa que meros seguros por impago de deudas (CDS, las siglas en inglés de Credit Default Swap). El eufemismo swap, que significa trueque, sirve para embaucar las leyes sobre seguros. En sólo 28 años, desde 1981-2009, más de 427 trillones de dólares estadounidenses se habían invertido en una vaina tan esotérica que si alguien le dijera swaps a un dominicano de a pie, la respuesta sería instantánea: “La tuya, por si acaso”.

Seguir Leyendo... Simon Nixon analiza para The Wall Street Journal, bajo el sugestivo título Euro Zone Risks Doing Too Little Too Late (La Eurozona se arriesga a hacer demasiado poco demasiado tarde), que sólo de manera parcial la sostenibilidad de la deuda soberana de Grecia, Irlanda, Portugal, Italia y España han tenido que ver con la crisis que afecta a la moneda común europea. ¡Leña! ¡Leña es! Leña para lo de demasiado poco, y leña para lo de demasiado tarde.
En el momento en que Nixon escribía su análisis para el WSJ las formas ondulantes y armoniosas de La Pedrera, en el Paseo de Gracia de Barcelona, daban techo y cobijo a una conversación de dos horas sobre el mismo tema entre el exministro Josep Piqué y el catedrático de política económica Antón Costas.
Una pluma avezada de El País, la de Lluís Pellicer, cita la quién sabe si justificada aprensión de Costas, que el propio catedrático eximio ha denominado síndrome de Berlín, un símil antojadizo con el cual se alude sin remisión a la complicada relación emocional que puede desarrollarse entre rehén y captor y que el periodismo de mala leche ha etiquetado como síndrome de Estocolmo: “Nos abocamos a la ruptura del euro si Alemania nos deja en manos de los mercados”, se lamenta Costas.
Sus travesuritas ha hecho ya el bajo mundo financiero occidental, y tiene en su haber dos golpes de Estado y un adelanto electoral: Atenas, Roma y Madrid. Una comentarista española de TV celebraba hace poco la buena fortuna de España porque con una consulta adelantada se había ahorrado el trauma institucional del golpe de Estado financiero. Hace años que el maestro Eduardo Galeano, insigne descodificador de absurdos, celebraba la gratitud invertida garabateada en México sobre la peana grande de la Virgen de Guadalupe: “Gracias, Virgencita, pues somos seis hermanas, y a pesar de ser yo la más fea, soy hasta el momento la única casada”. De modo que un consuelo de tontos a la inocente comentarista española de TV: gratitudes hay, muchacha buenamoza, en la vida de Dios.
Anótese de pasaditas que diítas antes de los preindicados golpes de Estado financieros, un obrero metalúrgico venerado como estadista alrededor del mundo, había puesto de manifiesto en Madrid la conveniencia de que fueran políticos quienes gobernaran en tiempos de grandes crisis. Los banqueros occidentales, deslumbrados por la búsqueda incesante de muchísimo más de lo que se les ha perdido, se pasaron por donde no les da el sol las gentiles sugerencias de don Luiz Inacio Lula da Silva.
Hace sólo 31 años nadie sabía en el mundo lo que eran los llamados swaps, un novedoso producto financiero que evade los impuestos que a los seguros les son consustanciales, sin dejar por ello de ser otra cosa que meros seguros por impago de deudas (CDS, las siglas en inglés de Credit Default Swap). El eufemismo swap, que significa trueque, sirve para embaucar las leyes sobre seguros. En sólo 28 años, desde 1981-2009, más de 427 trillones de dólares estadounidenses se habían invertido en una vaina tan esotérica que si alguien le dijera swaps a un dominicano de a pie, la respuesta sería instantánea: “La tuya, por si acaso”.
Sin embargo, esa suma de vértigo invertida en swaps significa el producto interior bruto del planeta Tierra durante 5 años y ocho meses. La mano que maneja sumas tan descomunales tiene al mundo en un puño. Un mundo que no anda bien. Tiene esa misma mano agencias calificadoras de riesgo país. Cuando no se pueda más y la mano colectiva recupere el control sobre su propia suerte, habrá sin duda una agencia calificadora de riesgo planeta. Si existiera hoy dicha agencia y colocara en el Oriente Medio su sensorio, los bonos de la paz en esa zona del mundo irían a basura.
Parecería una broma de mal gusto un símil entre la paz armada de 1939 y la paz financiera de 2011. Angela Merkel no es un Hitler financiero. Ni Sarkozy un De Gaulle. Ni Monti un Mussolini. Ni Cameron un Churchill. Ni Obama un Roosevelt. Ni Medvedev un Stalin. Occidente es bueno y bonito, quién ha dicho.
Si fuera posible la locura de un euro a dos velocidades para dos Europas distintas, el embrague para pasar los cambios de velocidad tendría que venir del Banco Central Europeo. El Fondo Monetario Internacional, sin embargo, acaba de anunciar medidas contra el riesgo de contagio de la crisis fiscal del euro. Ni siquiera una francesa de tan buen continente y tan pizpereta como Christine Lagarde, pudo adelantar la decisión fondomonetarista durante la cumbre en Cannes del G-20 a principios de noviembre. Allí se habló de medidas más cercanas a los Estados miembros que a los mercados financieros que a ellos les son consustanciales.
El banco central estadounidense, conocido como Reserva Federal, desbordado como anda por sus propias emisiones trillonarias y su voluminoso déficit, se ha mantenido al margen de la gravedad del euro: “¿Y Ben Bernanke, eh?”
–Bien. Gracias. Estudia y trabaja.
Los terrícolas habitamos hoy un país global con una macrocefalia G-20tista que tuvo el año pasado un producto interior bruto de 74 trillones de dólares estadounidenses. Como estamos en la costa oeste del Atlántico, hablamos de trillones medidos en la escala corta; es decir, de la unidad que los indica seguida de 12 ceros. Si estuviéramos al este del Cabo Finisterre, hablaríamos del trillón medido en la escala larga; esto es, de la unidad que los indica seguida de 18 ceros. Ante tan abrumadora cantidad de ceros, tendríamos que hablar del billón de la escala larga. Si se nos pidiera la conversión a pesos dominicanos de semejantes cifras, como ha dicho alguna vez el presidente Leonel Fernández, tendríamos que declararnos incompetentes.
Así sean trillones de la escala corta, son sólo 16 las provincias del país global que pueden pasar del trillón a la hora de medir su producto interior bruto. Indonesia es la última. Australia, con una población 9 veces menor que la de Indonesia, ha de ser la próxima provincia en unirse al privilegiado grupo de las trillonarias. La República Islámica de Irán, circunstancias geopolíticas mediantes, bien debería convertirse a poco andar en la décimoctava provincia trillonaria.
Si nos hiciéramos cargo de que el país global tiene una población de 7 mil millones de habitantes, nos daríamos cuenta de que tenemos un ingreso anual per cápita planetario por encima de los 10 mil dólares estadounidenses. Una cifra modesta si pensáramos en Suiza o Dinamarca; pero astronómica si nos acordáramos de Haití o de Burundi. Con sólo 10 mil dólares al año cualquiera se moriría de hambre en Holanda o Canadá. Con igual o parecida suma en Etiopía o Madagascar, si bien no sería un rico lalalá, bidi-bidi-bubi-ricachón, no es menos cierto que viviría con notable holgura económica, toda vez que dispondría de 27 dólares con 40 centavos para pasar un día, y de 27 dólares con 32 centavos si fuera bisiesto el año.
Y al hablar de Etiopía, eran por cierto los viejos abisinios los que ante la pregunta capciosa de que qué como el león, la daban por respondida con la mayor simpleza: “Lo que le da la gana”. Y ante el segundo interrogante acerca de quién lo pagará, se parapetaban en la pregunta superpuesta que imponía su lógica varias veces milenaria: “¿Y quién lo cobrará?”
¿Al erario de qué país se le pega más el hedor de la usura financiera?
Sabedor el mundo de los mercados financieros de que las naranjas agrias no se pagan, nos dan a probar las dulzonas: apuntalan gobiernos de tecnócratas para resolver la crisis, mientras sus agencias calificadoras de riesgo amenazan con bajar la nota a los países más afectados de la zona euro. Si seguimos como vamos, a la vieja Europa que rompa, que raje o que crie vueltas.