sábado, 10 de diciembre de 2011

¡Arantxa Pichardo!

Parecía un día cualquiera. Sol, nubes, gente atropellándose en las calles en medio de sus urgencias habituales, con sus invisibles historias guardadas entre los sesos, bajo la piel tostada y los agitados pensamientos citadinos; hombres y mujeres prendiendo adornos navideños por doquier para esperar la fiesta que entierra al viejo año.

Mi celebración se adelantaría ese fresco 28 de noviembre, es que llegó sin que la esperara ese día la única de mis críos planificada, buscada como sabe el resto, todos llegados de súbito entre encontronazos del amor, entre las distraídas lloviznas que agitaban la carne y la respiración y las palpitaciones y las transpiraciones evacuadas de las flechas de Cupido.

Cuando decidimos salir a su encuentro, entre la ternura y el cálculo, pensamos que sería niño, pero una tarde ajena a mis planes, juntó panza y sonografista para mostrarme entre imágenes confusas un pequeño corazón femenino latiendo al ritmo de la vida, levantando horizontes, construyendo una beldad sobre la copa de un pétalo y el molde de una serpiente.

¡Vaya gozo! Por meses me acompañó el deseo inmenso de tenerla en mis brazos.

Noviembre no se despidió sin entregármela. Pero no me entregó una simple niña, me entregó un ángel pequeño y níveo. Todavía es un ángel, con sonrisa sin mácula, como el tesoro dorado que late en su pecho; sus cuatro hermanos lo sienten, por eso quizá sea el peluche que adoran Quelish, Bjorling, Náyila y hasta el pequeño Jafet.

Se alejó del pecho materno temprano y se fue estirando hacia el techo sin avisar.

Sus pijamas de ositos mutaron para acercarse al carmín y en una carrera contra el tiempo llegó al extraño puerto de los grandes, con mirada de niña, con movimientos de niña, con oraciones de niña, con carcajadas y sonrisas infantiles, con ademanes párvulos y pasos tiernos.

Conserva la misma ternura de la cuna y la timidez que amo, como amo el olor de sus libros nuevos y sus manos con el peine por mi pelo y su abrazo de llegada como a un héroe, como al dueño de los mismos dioses y los truenos, como al dueño de la luz que espanta la noche que disfruta el oficio de alimentar el miedo.

Ella se sabe peluche y consentida, y niña como se ve, como la siento aún, entiende que debe abandonar su antiguo mundo lácteo y sus comparsas de princesas. ¡Mi Chiquitina se pone grande, llegó a los 15 este 28 de noviembre de 2011!