lunes, 8 de junio de 2009

ANDANDO POR EL MUNDO


Por Juan Pablo Plácido
La cita era en la embajada de México en ciudad de Guatemala de la Asunción. Rondaban las 7 de la noche del veintitrés de abril del año 2009, cuando llegué al lugar. El motivo. La ceremonia de entrega de los premios del concurso de pintura Miguel Ángel Asturias que cada año organiza la Comisión Permanente de Educación del Parlamento Centroamericano.
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La temperatura era fresca como ocurre casi todas las noches en la capital Chapina. Al llegar al salón donde se realizaba la ceremonia, un aire cálido dominaba el ambiente. El contraste no se debía al desajuste climático que afecta la tierra, sino a que mientras en las calles de la capital centroamericana las brisas rondaban los veinte grados, en la residencia diplomática estaba reunido conversando animadamente un grupo de artistas plásticos galardonados, sus familiares, parlamentarios e invitados especiales. Estos encuentros culturales vienen a ser para mí como bálsamos en medio del ir y venir por las tierras Mayas a las que voy cada mes por razones de trabajo, muy pronto me vi envuelto en una agradable y amena conversación con amigos y compañeros de labores. Por supuesto, no pudo faltar una copa de buen tinto y una que otra boquita. Aunque me había encontrado varias veces con el Dr. Eduardo Rafael Bolaños Santos en los pasillos y escaleras del Parlamento Centroamericano nunca había tenido la oportunidad de hablarle más allá del consabido saludo que nos damos con un compañero de trabajo. El Dr. Bolaños desempeña en el PARLACEN el cargo de Director de Documentación, una especie de archivo general del órgano de integración. A nuestro encuentro cercano se agregó el poeta panameño Álvaro Menéndez, premiado dentro y fuera del Istmo. Entre aquellos dos ilustrados fui todo oído. Contó el Dr. Bolaños que allá por la década del cincuenta del siglo pasado conoció la República Dominicana. Llegó, dijo él, a una ciudad llamada Santiago de los Caballeros, y que luego lo llevaron a unas playas bellísimas localizadas en otra ciudad llamada Puerto Plata. Al oír los nombres de lugares tan familiares, ya imaginarán mis lectores cómo empezó a correr por mis venas diluido en la sangre todo mi orgullo nacional. De allí soy precisamente, les dije a ambos contertulios. El entusiasmo del Dr. Bolaños se acrecentó a partir de entonces. Según pude apreciar, él es un apasionado devoto por República Dominicana, a tal punto que para su hija Luz Irene, presente también en la velada, su principal sueño es conocer nuestro país del que tanto ha oído hablar a su padre. Las horas pasaron velozmente empujadas por la fuerte energía atrapada entre aquellas blancas paredes cargadas de cuadros elegidos como los mejores del concurso hecho en honor del premio Nóbel guatemalteco, no sin ante escuchar las que me resultaron las más increíbles anécdotas del Dr.Bolaños. Nos contó el dilecto conversador que allá por el año 1953, siendo él dirigente de la Federación de Estudiantes de Guatemala, participó en un concurso literario en ocasión del centenario de apóstol de la libertad de los pueblos latinoamericanos José Martí, nacido el 28 de enero del año 1853. Su trabajo fue reconocido y como premio fue invitado a visitar la isla caribeña. Nos dijo que en el seno de la universidad de la Habana, un grupo de la Federación de Estudiantes de Cuba le invitó a conversar sobre los temas políticos de Guatemala, los jóvenes querían saberlo todo, las preguntas llovían, hasta que la conversación debió ser interrumpida para recibir a un visitante que se agregaba al grupo con natural familiaridad. Se trataba de un joven alto de estatura, de cabellos ensortijados negros y de unos pequeños bigotes de igual color. Cuando el recién llegado fue presentado a Bolaños, respondiendo al saludo dijo, me llamo Fidel Castro. Nos contó que al disponerse a salir de Cuba para regresar a su país, se le acercó un dominicano quien supo que viajaría a Guatemala, me pidió que le llevara un encargo a un amigo que vivía allá, eran unos libros sobre Juan Pablo Duarte. Por la firma que vi ponerle a la nota que acompañaba los libros, me enteré que se llamaba Juan Bosch.

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